24/11/09

Esto si es una elegía.

Hoy recibí la noticia. Estas cosas tienen la mala maña de llegar tarde cuando estás a un océano de distancia. La espera fue larga, como siempre lo es para aquellos que esperan, pero sé que estuviste rodeado hasta el último momento de voces y manos amadas, regalándote palabras de vida y caricias de esperanza, buscando que un día abrieras los ojos y todo quedase atrás como una anécdota, un mal sueño.

Escribo hoy sin realmente entender el vacío que dejas en tu familia, he visto sus caras en mejores tiempos, las que hoy tienen me las contaron e imagino su dolor, pero lamentablemente no estoy ahí para compartirlo. Estuve a tu lado y al de tus hermanos cuando en la tierra descansó tu padre, pero no estaré al lado de tus hijos cuando hoy te toca descansar a ti.

Esta humilde ofrenda existe pare decirle al que la lea que te recuerdo. Recuerdo tus caminatas calmadas en la plaza del Añil, buscando caras conocidas y conversaciones fáciles, con frente sudorosa y panza orgullosa, para olvidarte un rato del ejercicio obligado. Recuerdo tu sonrisa tatuada en cualquier excusa de reunión familiar, por encima de todo y de todos, siempre alumbrando los temas triviales o difíciles. Recuerdo tus palabras de orgullo por mis logros y los de mi hermano que apenas comenzamos esto de vivir. Recuerdo que no me dejabas darte la mano y de inmediato me abarcabas con tus brazos para estamparme un beso paternal en la mejilla y decir “Dios me lo bendiga no joda”. Recuerdo las palabras de amigos que te admiraban como profesor para yo poder decir con una sonrisa “él es mi primo”. Recuerdo que no nos vimos tanto como se espera de una familia, que por muchos años compartimos el mismo vecindario y nuestros encuentros eran el resultado de una compra apurada de pan o de buscar el periódico el domingo, que al irme a la capital mis días en casa eran cada vez más escasos y las reuniones de primos más aún. Recuerdo tu ejemplo fraternal, el siempre buen consejo, el modelo a seguir para tus hijos.

Ya no te aburro más con palabras que nunca oirás, por estas alturas te debes estar poniendo al día con mi tío Manuel, mi tía Alicia y Elías. Ya tendrás tiempo para los otros que también nos dejaron.

Te recuerdo primo Adolfo, que Dios te tenga en la gloria.

11/11/09

Del azar y otros demonios.

Siempre me he negado rotundamente a empezar un escrito con la frase “La vida está llena de…”, pero a veces no queda otra opción que asumir el cliché y decirlo a viva voz. El cliché es cliché porque funciona, porque todos lo entendemos. Diciendo esto al menos gano cinco líneas y no comienzo del todo con la muy esquivada oración.

La vida esta llena de carros, cosas y casas, de todo y nada, de gente penitente y renuente, de momentos obesos y adversos, y unas más que otras, de azar. No pretendo explayarme con un tratado sobre las coincidencias y como sus hilos de titiritero nos dibujan la existencia sin pedirnos permiso, pero si de cómo éste duendecillo cínico me hizo un visita que me volteó el cerebro.

Con noches insomnes como las mías se ha convertido en un arte buscar algo que hacer para huir de la rutina del trabajo, aunque sea por un momento, sólo el tiempo suficiente para olvidarlo todo y no llegar a odiar con toda mi alma lo que estoy haciendo. Unos lo llaman procrastinar (Del lat. Procrastinare: 1. Tr. Diferir, aplazar.) yo simplemente asumo el barranco de que tengo la capacidad de concentración de un niño en una tienda de juguetes en navidad y si no paro la obligación de cuando en vez no hay cafeína, nicotina o cualquier ina que valga para hacerme terminar lo pautado. Mal o bien siempre lo logro, a costa de la correcta sinapsis de mis neuronas y el horario del día siguiente, pero lo logro.

Si no me da por lavar platos a las tres de la mañana, reconectar con viejos amigos por facebook, tratar de componer una canción o ver una de las veinte series que veo semanalmente entonces recurro al azar, mejor dicho, a un botón en mi navegador de Internet que es el azar en pasta. Con sólo pulsarlo caigo en una página aleatoria, determinada por una serie de temas previamente escogidos, en mi caso son: diseño, literatura, cómics, arquitectura y humor.

Stumbleupon se llama el pequeño demonio y lo pulsé con temor a que me embarcara en un viaje de tres horas de risas fáciles y artículos blandos sobre edificios amistosos con el medio ambiente. Pero no, gracias a Al Gore que no. El escape que me tenía previsto fue un video de los tiempos de María Castaña con una entrevista a Julio Cortázar en la Televisión Española.

Sin dudar paré todo lo que hacía, cerré ventanas, programas, canciones y me instalé a oír –por primera vez en mi vida– a este señor cuyas palabras han moldeado mis sueños desde los doce.

Está sentado frente a mí, balanceando su peso en el reposabrazos izquierdo de la silla, con un traje de tweed marrón y un cuello tortuga crema –si la traducción cromática del blanco y negro no me engaña–, con la barba y bigote que conozco de tantas portadas. Su altura no pasa desapercibida y el tono de voz va de la mano con sus proporciones de titán. En la mesa que nos acompaña descansa su trago de whisky anónimo con poco hielo, yo con Red Label a falta de algo mejor. Ambos con cigarros en la mano izquierda, la derecha la usamos para gesticular y sostenernos la cabeza; sin darme cuenta ya estaba imitando su postura de entrevistado, treinta y cinco años después y en tiempo real.

Su discurso es calmado, constante, sin arabescos, como su prosa, con un acento que quiere decir argentino, pero que el exilio voluntario curtió de latinoamericano. García Márquez ha hablado de las erres arrastradas de Cortázar, las cuales asumí eran producto de su residencia eterna en París, pero me equivocaba, era como esos niñitos de los que nos burlamos en el patio del colegio retándolos a decir “erre con erre cigarro, erre con erre ferrocarril” sin trastabillarse. Sin duda su condición le ayudaba a pronunciar el francés perfectamente; conozco a más de uno que mataría por ello.

Política, estilo, rayuelas, jazz e historias eran el color de sus palabras, palabras que, confesó, escribe sin disciplina alguna, en eso nos parecemos últimamente, lo que no me enorgullece. Por dos horas me habló, dos horas que me dejaron mucho y se fueron muy rápido, dos horas que valen más que mil cursos y charlas sobre su obra, dos horas que hubiese perdido con algún video estúpido pero que por obra del azar hicieron que conociera a Cortázar.

De los otros demonios hablaré otro día...

04/11/09

En el metro.

Ella pasa sus mañanas cantando en el metro. La he visto arrastrando su carreta con un pequeño amplificador, micrófono y un vasito para guardar la voluntad de extraños generosos o con sentimientos de culpa fácilmente impresionables. No tiene más de veinticinco años y probablemente se llame Samira, no puede negar la sangre árabe de sus venas, su cabellera se confunde con el negro de los túneles que transitamos, la nariz orgullosa protege sus ojos almendrados y la iluminación clínica del vagón no le hace justicia a su tez morena.

Canta una canción que no conozco pero que he oído mil veces, una balada suave y predecible de amor y dolor, acompañada de una orquesta de teclado y en bucle continuo, como el trayecto de metro que abordó seguramente horas antes y dejará horas después. Su sonrisa es ensayada, sus ademanes y cerrar de ojos refuerzan la búsqueda de notas difíciles en el theremin invisible de su voz. El tímido espectáculo atrae las miradas y prejuicios de los que ven su lectura de Paulo Coelho o Marcel Proust interrumpida por una voz inesperada, del grupo de patineteros imberbes que se burla a mansalva de sus gestos, de la abuelita que no se termina de acostumbrar a éste tipo de eventos en el transporte público, de mí que hasta el momento no tenía nada sobre que escribir.

Quizás escogió para la faena la línea roja por ser la que más estaciones tiene, además atraviesa la ciudad de punta a punta, luego abordará el tren en sentido contrario en la última estación y volverá a donde comenzó. Mañana probará con la línea amarilla, la azul o la verde, donde el número de turistas incautos aumenta considerablemente, puede que busque suerte en algún pasillo de transbordo si tiene el permiso y las agallas de competir con los cuartetos de cuerdas, los cantautores, los combos de música latina o el guitarrista de flamenco que además vende su propio disco.

Una voz en catalán anuncia la siguiente estación y marca el final de su show, tiene un minuto para hacer su colecta y cambiar de vagón, su sonrisa sigue ensayada, pero ésta dice: “muchas gracias, que Dios –o Alá­– te bendiga y llene tus días de fortuna para que no tengas que estar como yo cantando en el metro para ganarte un duro”. Tal vez Samira sólo quiera entrenarse para un reality show de talento, para su propio número de variedades en un club nocturno o algún campeonato local de karaoke. Son muchas las preguntas que aparecen flotando en el vagón en los seis minutos que compartimos de viaje; ya habrá tiempo de responderlas, apenas la estoy conociendo.

19/10/09

¿Dónde pusiste el invierno?

Una tormenta azota el barrio, la calle, la casa. Inunda el aire con lágrimas de un ejército infinito después de un día de guerra. Alfonso maldice la plomería averiada de su nariz que gotea impune, busca reconfortarse con una taza de té mientras observa su patio convertirse en una selva ecuatorial. Las colchas de invierno no están en la habitación; lleva rato buscando allí, ahora intentaría en el armario de la sala. El té está a la temperatura correcta, pero el dulce o amargo se escapa, con la gripe no sabe, pero si sabe que a Bea le hubiese quedado perfecto, siempre le quedaba perfecto.

«A ver si te gustaría a ti, como sea que te llames, morir por la espada en un ruedo de arcilla con mil personas gritando por tus orejas y rabo», disparó ella por encima de la demás voces, con una sonrisa mitad “al fin alguien dice algo polémico” mitad “no puedo creer que a este subnormal le guste el toreo”, una sonrisa que le salvó del aburrimiento de una noche de compromiso social obligado. Una cerveza después ya sabía su nombre completo, dos más y se reía con él, no de él; con otras dos Alfonso se envalentonó y exigió su numero de teléfono.

En la primera cita Beatriz se declaró lectora ocasional y poco comprometida con los clásicos, amante de la neurosis de Woody Allen y activista guerrillera por los derechos animales. Él se despidió ese día, sin saberlo, de la caza de libros raros y el grupo de poesía amateur, de los churrascos argentinos, de su peña taurina. Al menos tenían terreno común en una sala de cine, pensaba al mirar intrigado los restos de pintura roja en los brazos que portaba orgullosa como medallas de honor después de una manifestación en la plaza de toros de Las Ventas.

El agua sigue bailando en los cristales de las ventanas y Alfonso construye represas preventivas con el “El País” del domingo. La colchas tampoco están en la sala. Joder. Tienen que estar en la habitación de huéspedes; no necesitaba un termómetro para saber que debía sumar fiebre a la lista de dolencias que se instalaron en su cama hace una semana y que las infusiones y compresas parecen no amilanar.

Que si las empresas farmacológicas son unos bestias inescrupulosos, que si muerte al capitalismo, que si la guerra de Irak de los cojones es puro intervencionismo mesiánico del pringao de Bush, que si tenemos que usar menos electricidad Alfonso que la madre tierra se nos está muriendo y olvídate de la calefacción que a mí me tienes para darte calor en invierno. Su vida de funcionario gris no incomodaba a Bea, su burocracia oficial no oprimía a inmigrantes, a pequeñas o medianas industrias, a los matrimonios homosexuales, al medio ambiente, ni interfería con la legalización del cannabis, con la leyes de crueldad contra los animales, ni con las normas del latifundio y el libre comercio. Él era su pequeño proyecto ambulante de reforma. Pero ella y sus ideales hippie no estaban aquí para darle calor o cabrearse por usar medicamentos de producción masiva. Las colchas tampoco.

En dos años, tres meses y catorce días cambió sus costumbres de semi-ermitaño por clases de yoga “que estás muy sedentario y en la cama lo agradeceremos los dos”, por conocerse de memoria el decálogo de propiedades curativas del té chino Xuanchinosequé “que la cafeína te está matando poco a poco cariño y las cafetaleras oprimen a sus trabajadores”, por hablar de sus sentimientos en voz alta y “quien mejor que yo para que me digas todo querido”, por frecuentar los amigos de ella y sus vinos artesanales “porque los tuyos son unos gilipollas Alfonso e irnos de cañas genera muchos contaminantes”, por picnics los domingos en El Retiro “porque hay que agradecer que todavía podemos respirar aire puro en Madrid”, por cambiar su guardarropa de camisas a cuadros color pastel por unas de telas orgánicas, coloridas y hechas con mano de obra pagada equitativamente “que aunque seas funcionario amor no te tienes que vestir como uno”. Todo por ella, como en las películas, como en las historias románticas seriadas de Hola y Cosmopolitan, y sí, estaba más delgado, respiraba mejor, vestía y se sentía alegre, sus amigos si eran unos gilipollas, pero no era él, era su versión diluida y revisada, de bolsillo; era él con edulcorante, parece el original, te lo venden igual o más caro, pero nunca sabe igual. Se acostumbró a vivir por decreto, “sarna con gusto no pica” le oyó decir a un chico del curro una vez, y desde entonces lo repetía una y otra vez como un mantra. Repetir una mentira un millón de veces hace que la creas, no que sea verdad.

La labor castoril no sirvió de nada, el agua encontró su paso hasta la sala, marchando en pie de guerra hacia la cocina. Las colchas no podía estar en el trastero, Bea sabía que la humedad las estropearía, se lo había repetido hasta el cansancio. Ella y su afán de esconder el invierno, de guardar cualquier evidencia de meses fríos, de añorar un calor tropical que no conocía. Joder otra vez. Me cago en las putas colchas. Tendré que arroparme con una jodida alfombra pensó.

Hace un mes ya. Bea lo recibió con un monólogo digno de Annie Hall, el maldito cliché del “no eres tú, soy yo”, la fórmula del inconforme en los romances de comedia. Improvisó además un “te faltan cojones, no luchas por lo que quieres, yo necesito un hombre, no un crío”. ¿Y todo lo que cambié por ti?, perdí los cojones para complacerte, era un crío porque tú querías. Podía refutar todas sus razones con eficiencia administrativa, pero iba a perder el tiempo, ella estaba lista para salir. Sólo tuvo fuerzas para murmurar: «¿Cómo se llama?». «Gorki. Es cubano» dijo ella sin voltearse siquiera, saliendo por la puerta con sus cosas en la maleta que él le había regalado para sus próximas vacaciones en el Caribe. Había planeado el viaje considerando el impacto ambiental y bajas emisiones de carbono. Le quería mostrar el paraíso tropical que ella tanto anhelaba. Hasta había considerado desertar el curro y le plantearía quedarse por allá de artesanos, montar un albergue ecológico, o cualquier chorrada de esas que le quitan el sueño. Pero su paraíso lo encontró en otras manos, unas realmente tropicales, con el calor que tanto quería, unas manos para comer flores, como ella, unas manos al que el papel no le quedaba grande y forzado, como a él, unas que no necesitaba reformas, amigos nuevos o camisas más coloridas.

La casa se estremece con un espasmo febril, la casa también extraña el calor de una mujer en tiempos de bajas defensas y bajas temperaturas. El invierno finalmente salió del escondite que Bea se esforzó tanto en procurar y Alfonso sigue sin saber donde están las colchas de invierno.

08/10/09

A friend's request.

La primera vez que le vi en el patio del colegio juré que era mi amigo Daniel que se había sometido a una cirugía plástica, porque yo a los cinco años asumía que alguien de mi edad podía hartarse de su rostro y cambiarlo a punta de bisturí. Era un niño inocente y con imaginación hiperactiva, no me juzguen.

«¡Daniel! ¿Qué te pasó en la cara?» le dije al niño nuevo que no se molestó en enmendar mi error de llamarlo con otro nombre. «Nada» agrega simplemente el otro. Nuestra joven y amateur capacidad de concentración se encargó de desviarnos del tema enseguida, y yo seguí jugando con el niño que para mí era Daniel, así sin más.

A la salida de ese primer día de clases no me había terminado de montar en el carro cuando ya gritaba: «¡Mamá! ¡Daniel se hizo una cirugía en la cara! La tiene como diferente…» Pues claro que era diferente, era otro ser humano. Mi madre me siguió el juego, como reza el manual de maternidad que nadie escribió pero que todas las mamás saben de memoria. Una semana de juegos de recreo después llegó el verdadero portador del nombre, el de la cara que yo recordaba. Uno al lado del otro me di cuenta que ni se parecían tanto, sólo lo suficiente para generar confusión en mi joven cerebro. El usurpador, que me había seguido la corriente hasta entonces, se presentó al fin como Isaac «pero mi mamá me dice Sami».

Con el tiempo nos hicimos inseparables. Tiempo que fue unos pocos años, pero que en la niñez parece un muy largo día. Ya en otro colegio, ya un poco más grandes. Me quedaba en su casa prácticamente todos los fines de semana ­–quedaba a dos cuadras de la mía–, construyendo castillos con sábanas y cajas que ocupaban toda su habitación, jugando cualquier cosa hasta bien entrada la noche, diciéndole tía a su mamá, comiendo dulces a diestra y siniestra, haciendo guerras de pistolas de agua en la terraza. Las normas de sus padres me parecían una versión light de las de los míos. Yo era el mayor de mi casa, él era el del medio en la suya, con él eran más relajados. Aquí era donde pasaba mis vacaciones.

Nos alcanzó la vida, y nos separó los caminos; por amigos nuevos, por decisiones administrativas del colegio, él tennis, yo fútbol a duras penas, él con un batallón de primos contemporáneos, los míos eran postizos y no tantos. Y la hormonas nos alcanzaron también, empezaron las fiestas a mansalva, el interés por las niñas que hasta no hace mucho eran un estorbo. La casa de Isaac se convirtió en el escenario por excelencia de nuestras fiestas colegiales, del debut en la pista con Proyecto Uno de los cuatro pelagatos que bailábamos a las veinte niñas con las que no hablábamos, de nuestros intentos fallidos de DJ, de mi primera borrachera, de miles de declaraciones de amor en la sombra nocturna de un mango, de mesas rotas y heridas en la frente, de peleas, de listas en la entrada, de primeros besos, de la paciencia infinita de la tía Corina hasta que se fuese el último niño.

Hay tantas historias como para llenar un blog con dedicación exclusiva a esas fiestas, pero ya quedará de parte de su anfitrión contarlas, éstas líneas no pretenden ser más que un regalo de cumpleaños atrasado, una historia que recordé al leer una lista de exigencias por el cuarto de cupón que se avecinaba, un homenaje escrito a la persona que considero mi primer gran amigo.

Un abrazo Salama.

02/10/09

From Lebanon with love.

Era una caja color marrón papel craft, cuidadosamente embalada con plástico transparente por manos que sabían de sobra la importancia de su contenido. Letras rojizas en alfabeto occidental adornaban el centro de la tapa, el resto eran árabes e ininteligibles para mi. Creo que la memoria no me falla, pero he idealizado tanto lo que había allí que el empaque pasó inevitablemente a un segundo plano.

«Me iba a quedar callada sobre los dulcitos pero has hablado tanto del tema que te voy a dar uno para que veas lo que es bueno. Mi abuela me los mandó del Libano». Treinta o más cilindros de pasta filo rellenos de nueces trituradas y almíbar, o en menos palabras baklava; todos ordenados, juntos pero no revueltos, pequeños, esperando una mano digna para cumplir su misión de brindar placer al paladar. «Agarra un… do… está bien, dos… me caíste bien… puedes agarrar dos. ¡Pero no más! Me tienen que durar bastante». Ni corto ni perezoso me apoderé del par de dulces, los engullí sin parsimonia, no creo en eso de comer lento para disfrutar el sabor, el sabor se disfruta comiendo, no esperando con angustia y perpetuando cada bocado para estirar la experiencia. Yo pensaba que había comido buenos dulces árabes, pero éstos dos me arruinaron la existencia…

Eran pequeñas granadas fragmentarias, cada mordisco liberaba miles de partículas dulces que se repartían triunfales por mi boca. Vi a Dios bañado en almíbar y vestido de una túnica crujiente. No exagero. Mi fascinación por el dulce es pecaminosa, y en ese momento me merecía los siete círculos del infierno por querer salir corriendo con la caja que ella guardaba tan celosamente.

Recordé los domingos familiares, la política cuasi religiosa de comer afuera y viviendo en una ciudad con serias limitaciones gastronómicas la comida árabe era siempre una buena opción. De pequeño la comida me daba igual, era y sigo siendo un maniático con ciertas cosas, pero un día, por recomendación de los dueños de la taguarita que frecuentábamos ­–realmente el aspecto del restaurante no era lo mejor­– pedimos un surtido de dulces. Por supuesto me encantaron, por supuesto quise más, por supuesto mi padre me dijo ya comiste suficiente, por supuesto me comí el de mi hermano que no es fanático del dulce, por supuesto compartí el botín con mi madre que siempre ha sido mi cómplice en asuntos del azúcar. En mis tiernos años de simpleza emocional mi experiencia de comer árabe se limitaba a la expectación del postre. Cambiamos de restaurante varias veces, unos cerraron, otros desmejoraban su servicio, pero lo mío era catar los dulces, y mientras más dulces fuesen mejor.­

«Saul, hoy no pude dejarte cena. Aquí tienes 10£ para que compres comida en Green Valley, 37 Upper Berkeley St, justo detrás de la casa». Fue una nota, traducida aquí, que dejaba mi anfitriona y casera durante mis meses en Londres. Una señora trinitaria, alegre y conversadora que me mimó desde el primer día con buena comida, y cuando no podía cocinar usaba éste método para no dejarme morir. Siempre pensaba en las malas experiencias culinarias de mi hermano con su casera inglesa en Bournemouth cuando meses antes hizo lo mismo que yo, y agradecí que la mía tuviese sabor tropical en la sangre y en la cocina. Volviendo al tema en cuestión salí corriendo al mercado señalado en la nota, y descubrí un mostrador inmenso con montañas del dulce que tenía años sin disfrutar. Me gasté la mitad del dinero en ellos, con distintas formas y tamaños, con mas o menos pistachos, con mas o menos almíbar, pero todos con más sabor que cualquiera que hubieses probado antes. No tardé en hacer esa visita costumbre, después de todo pasaba todos los santos días por ahí.

Ahora que pienso en la caja de dulces me la imagino de caoba curada, tersa, amplia y dadivosa, con bajo relieves y arabescos dorados, su contenido descansando en una eterna cama de sedas blancas, separados cada uno con joyas que palidecen ante el fulgor dulce, protegida con una llave que sólo yo tengo.

Sé que pronto la veré de nuevo, prometí clases de guitarra y Autocad a cambio de otra oportunidad con ella.

23/09/09

Rendez-Vous Parisien.


Hay una historia que había querido contar desde hace un tiempo ya, una de muchas y la que en estos momentos recuerdo por razones que no vienen al caso. Algunos la han oído de primera mano, pero la falta de medios audiovisuales para transmitirla en persona ha afectado invariablemente el efecto de la misma, todavía no ando con una computadora en el bolsillo y presentaciones de PowerPoint con fondo musical para acompañar mis anécdotas. Aprovecho entonces para hacerlo aquí, no como el autor lo contó, sino como lo quiso contar.

Era el otoño del 2006 y estaba “viviendo” en Londres por unos definitivamente insuficientes dos meses, era la primera vez que cruzaba el charco, la primera vez que viajaba solo en avión, la primera vez en otro país sin mi familia, muchas primeras veces juntas. Mi experiencia europea continuaba ahora con París, a la que llegaría después abordar un tren, otra primera vez.

Ya tenía la estadía planeada, el sofá donde dormiría y el tiempo contado en la ciudad de la luz, unas 140 horas siendo exacto y dramático, para hacer todo lo que un “buen turista” debía hacer. Digo eso porque hay flotando por ahí un código tácito del viajero sobre las cosas que uno debe y no debe hacer en una ciudad, y si no las cumples a rajatabla que Dios te libre por hereje, «¿Cómo no fuiste a ver la catedral “tal” y el museo “cual”, o la casa de “fulano”? En verdad te pasaste, ¡Es como si no hubieses ido!». Realmente ese compendio interminable de historia e información no necesariamente me interesa y además, nunca hay tiempo de ver todo.

En el caso de París una de las paradas obligadas es el Museo de Louvre, y por ende la Mona Lisa o La Gioconda, escojan ustedes el nombre que más les guste, yo me quedo con Mona.

Debo confesar de antemano que la sobredosis museística que tuve en Londres no pintaba muy bien eso de pasarme horas caminando por un museo que se dice toma meses en ver completo, además después de mucho pensar al respecto me he dado cuenta de que el arte no me quita el sueño, prefiero un concierto de cualquier cosa, por eso decidí limitar mi visita a unas cuantas pinturas que conocía de reputación y fotografía, incluido por supuesto el antes mencionado cuadro, protagonista de nuestra historia.

Entro al bendito museo con un objetivo fijo, ver el famoso cuadro de Da Vinci de primero, matar la culebra por la cabeza y disfrutar sin presiones del resto. Acompañado por supuesto de mi Ipod, compañero inseparable de viajes y caminatas sin rumbo, siempre puesto en shuffle (aleatorio), confiando en que lo que él escoja siempre será lo más apropiado para el momento, el aparato me adivina el estado de ánimo, y certero determina el soundtrack de mi vida. Caminando y esquivando rebaños enteros de gente empiezo a inventarme la experiencia de ver a la Mona Lisa en persona, ¿será tan pequeña como dicen?, ¿los ojos de la mujer realmente te siguen si te mueves?, ¿realmente podré apreciar el cuadro desde lejos y con un millón de manos japonesas tomando fotos atravesadas?. Enseguida la incertidumbre de la pronta experiencia se convirtió en un análisis de la cara de la mujer retratada mientras llegaba a sus aposentos.

Para los que necesitan refrescar la memoria aquí la tienen:

Decidí en ese momento que ésta señora nos muestra aquí una cara de placer. Un placer que experimentó o está por experimentar. Un placer de cualquier tipo; gastronómico, literario, lúdico, el que ustedes quieran, sin embargo durante mi caminata lo decreté como placer sexual. Me lo dice la mirada expectante, la sonrisa a medio camino, el cuello desnudo con suave luz, la mano tersa que se muestra completa e impune pero inmóvil, porque una señorita no propone, ella dispone.

Llegué por fin al salón que sirve de hogar a la dama en cuestión, por supuesto inundado de personas, por supuesto inalcanzable, por supuesto protegida por un vidrio de diez centímetros de espesor. Sigo aislado del mundo con mi música y me planto frente al cuadro, aventajado en altura sobre los turistas japoneses que ya tomaban sus fotos extasiados, la canción en curso termina y acto seguido comienza la siguiente:

“Let’s get it on” de Marvin Gaye, una sensual joya musical de los años 70, uno de los estandartes de Motown, el himno del slow jams, la canción más usada en la historia del cine norteamericano para expresar insinuación sexual, y que estaba en mi Ipod porque a pesar de que prefiero oír Death Metal casi todo el tiempo, también tengo mis guilty pleassures.

Una sonrisa cómplice no tardó en escaparse de mí, los japoneses desaparecieron, la iluminación era ahora de velas y me encontré bailando con Mona suavemente al ritmo de la voz de Marvin. Siempre con su sonrisa tímida, sus ojos siguiéndome por la sala y su mano sobre la mía; hasta podía sentir la seda de sus vestiduras, la seda que pronto apartaría de mi camino porque este baile era sólo el preámbulo de la comunión.

Pero la siguiente canción me estrelló con la realidad, dejándome ligeramente avergonzado por lo que había vivido, así fuese producto de mi imaginación. Cuatro minutos y medio absolutamente cinematográficos y perfectamente orquestrados. Cuatro minutos y medio que hicieron que las cinco horas de mi vida transcurridas en el Louvre hayan valido la pena.

Ahora no puedo dejar de ver en la cara de Mona unas mejillas ruborizadas por nuestro pequeño e indiscreto encuentro…